El velocista Derek Anthony Redmond no ganó ninguna medalla en los Juegos Olímpicos de Barcelona 92, pero sin embargo dejó marcada su huella de forma indeleble en la historia del deporte. Su demostración de superación, sacrificio, fuerza de voluntad y también de amor entre padre e hijo conmovió al mundo.

Los Juegos de Barcelona debían ser la culminación de su carrera deportiva. Tras una vida marcada por las lesiones, incluyendo cinco cirugías  y mucho dolor en el tendón de Aquiles (ver más sobre la rotura del tendón de Aquiles) el británico llegó a la línea de salida de aquella final de 400 metros listos en su mejor momento. Todo lo que había hecho en su vida le conducían justo a ese instante.

Lo que ocurrió, puedes verlo en el vídeo que hay a continuación o siguiendo este enlace de Youtube.

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