Cada vez es más frecuente que a los psicólogos deportivos nos lleguen papás preocupados porque sus criaturas, a las que tanto les gusta el deporte, no se “empleen a fondo” cuando lo practican. ¡Qué extraño, si lucen las mejores marcas deportivas! Sus madres se desviven por llevarlos y recogerlos de los entrenos. Tardes enteras con frío o calor, en esas gradas, viéndolos realizar su deporte favorito. “¡Lo que haga falta con tal de que él practique deporte!” Y esos “pequeños desagradecidos” parecen sin embargo no valorar esos enormes esfuerzos paternos. “No es normal”. Algo debe estar rondando sus cabezas para que quieran dejar el deporte.

Cuando hablamos con esos “angelitos deportivos” podemos apreciar claramente que, en el fondo, disfrutan de su deporte. Les brillan los ojos cuando relatan que en el entrenamiento del lunes han intentado repetir lo que han visto hacer a sus ídolos en la tele el fin de semana. Se sienten orgullosos de mejorar, de que su “superentrenador” les diga: “¡qué bien lo has hecho hoy!” También les encanta estar con sus amigos.

Todo cambia cuando reconocen, con la voz muy bajita y la cabeza agachada, no vaya a ser que decepcionen a sus padres, que no les gusta cuando éstos les dan los últimos consejos deportivos del día en el coche o les gritan instrucciones técnicas desde la grada.

“¿A quién debo hacer caso? ¿A mi padre para que no se enfade, o a mi entrenador que es el que me enseña?”, se preguntan. Dicen avergonzarse cuando sus padres les dicen cosas horribles al árbitro. “Pero si el entrenador nos dice que debemos respetar al árbitro, ¿por qué todos los adultos le insultan, si él viene a ayudarnos? Además, su trabajo debe ser muy complicado”.

Si lo que quieres es un campeón en la familia, ponte a hacer deporte. Mientras, deja que tu hijo juegue feliz.
Cartel instalado en un campo de fútbol de Torrejón de Ardoz.

Cuando jugar ya no es divertido

Más preguntas que se hacen estos pequeños en consulta: “¿Por qué si nosotros nos estamos divirtiendo, nuestros padres están enfadados? ¿Por qué cuando vuelvo a casa después de competir me leen la cartilla?“. Comentan, tristes, que les gustaría llegar a casa después de jugar y decirle a sus padres lo bien que se lo han pasado y lo importantes que se han sentido mientras jugaban con sus compañeros. En casa, sin embargo, les preguntan por el resultado, les señalan lo que han hecho mal y lo que deben mejorar para llegar a ser grandes deportistas.

Toda esta presión hace que jugar ya no sea divertido, sino que se convierta en una obligación: la necesidad de contentar a esos padres.

Cuando les preguntamos a esos mismos padres cuál es la motivación que les lleva a que sus hijos practiquen deporte, responden con firmeza absoluta: que el deporte es salud y que los niños se tienen que divertir. Si existe esta convicción, ¿en qué momento se pierde la esencia del deporte infantil? Mi conclusión: en el momento en que los padres fantasean con tener un “Gasolito” en casa, un “Nadalito”, un “Messito”, una “Mireyita Belmonte” o una “Almudenita Cid”.

Toda esta presión hace que jugar ya no sea divertido, sino que se convierta en una obligación

Este es un camino hacia la frustración. No nos engañemos: destacar, lo que es realmente destacar en el deporte, lo hacen solo unos pocos, por mucho que se empeñen sus padres. Si un niño o niña tiene talento, lo va a sacar a la luz a su debido tiempo, sin presiones y sin frustraciones. Si es una o uno de los elegidos para brillar en el deporte, se darán las oportunidades adecuadas para exprimir sus cualidades, pero solo cuando esa personita esté mental y físicamente preparada para sacar su máximo rendimiento.

Querer exprimir al joven deportista antes de ese preciso momento es empujarle al abandono deportivo, es “quemarles” y acabar convirtiéndoles en sujetos sedentarios de la alta tecnología, con ojos y mentes tan cuadrados como sus pantallas, y alejados de los extraordinarios valores que existen en el mundo del deporte como son salud, compañerismo, compromiso, responsabilidad, convivencia, creatividad, autorrealización, esfuerzo y reto personal, entre otros muchos.

Si los niños carecen de talento, tal vez sea la habilidad o cualquier otra aptitud la que le podrá llevar a disfrutar unos pocos años, o muchos quizás, de su deporte favorito, creciendo a la vez como personas.

La diversión como único objetivo

Volvamos a disfrutar viendo a esos pequeños jugadores danzando por los campos y canchas con las camisetas por las rodillas; a esos nadadores con las gafas dobladas pero riendo con locura junto a sus compañeros; a esos pequeños portadores de raquetas que piensan en lo felices que hacen a sus padres con sus reveses y puntos directos conseguidos a fuerza de repeticiones y más repeticiones.

Qué distinto sería el ambiente deportivo infantil si viésemos a los niños jugar con la sola pretensión de que se diviertan, aprendan y se desarrollen como personas sanas y con valores. Qué fácil resultaría enseñarles e inculcarles que lo importante es participar y divertirse, y que lo esencial del deporte infantil es, sencillamente, JUGAR.

El peligro de convertir a tu hijo en un ‘Messito’, un ‘Gasolito’ o una ‘Mireyita’
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Palma Gallego

Psicóloga deportiva.

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