El enfado de Serena Williams con el juez de silla encargado de arbitrar la final del último Abierto de Estados Unidos levantó una polvareda considerable hace unas semanas. La tenista norteamericana criticó airadamente algunas decisiones del juez una vez terminado el partido, y su actitud le valió una lluvia de críticas. Ella achacó las amonestaciones de Carlos Ramos, el juez de silla, a su condición de mujer. Vino a decir que si la agresividad en la pista la muestra un hombre, no pasa nada; si una mujer hace lo mismo merece sanción.

En saludmásdeporte no vamos a ofrecer los argumentos ya reiterados en múltiples foros para concluir si Serena Williams tenía razón o no. Pero a raíz del incidente nos hemos preguntado por el rol de la agresividad en el deporte masculino y femenino. Ya sabemos de la importancia de la psicología deportiva en el rendimiento, y la agresividad es una emoción que puede ser especialmente condicionante en deportes de contacto.

Palma Gallego, psicóloga de Clínicas Beiman, cree que siguen existiendo “prejuicios y convenciones sociales” que nos hacen ver a la agresividad como fuera de lugar en función de quién la manifiesta, y recuerda el caso de McEnroe, durante un tiempo casi tan famoso por sus logros deportivos como sus raquetazos y estallidos de genio. Para Gallego, la agresividad es necesaria en algunos deportes, y matiza: “No tanto agresividad, como fuerza de carácter, empuje, energía y seguridad. Es un granito de arena en deportes de fuerza y contacto”, señala.

El tema de si esa agresividad se percibe de forma diferente en función de si la manifiesta un hombre o una mujer ha sido objeto de un buen número de estudios, cuyo objeto abarca un amplio rango que cubre desde la psicología a la biología evolutiva. Estas son las conclusiones de algunos de los trabajos académicos que hemos recopilado:

Efectos del género y el tipo de deporte en las percepciones de los deportistas universitarios sobre la legitimidad de los comportamientos agresivos en el deporte (Lori W. Tucker and Janet B. Parks, Bowling Green State University, 2001). Los autores concluyeron que los practicantes de deportes de contacto y los hombres mostraban una tolerancia mayor a la agresividad. Pero la conclusión más interesante de este estudio radica en el hecho de que la influencia del género parece ser mayor en los deportes de no contacto. Dicho de otro modo: en los deportes de contacto, aun existiendo una influencia de género en la tolerancia a la agresividad, ésta se diluye, de modo que el género se muestra mucho más relevante en los deportes de no contacto.

Según los autores, el rol y las expectativas de género dominan en los deportes de no contacto (como el tenis), mientras que en los de colisión y contacto las normas del propio deporte parecen “reforzar las expectativas de género masculinas y animar a las mujeres a mostrar un comportamiento inconsistente con las expectativas tradicionales”. Es decir, a adoptar comportamientos asociados tradicionalmente al hombre.

La legitimidad percibida de infringir las normas de comportamiento en el deporte (John M. Silva, University of North Carolina, 1997). Este estudio pionero parte de que los comportamientos contrarios a la norma, incluyendo la agresividad, son comportamientos “normativos, que se perciben como “violaciones legítimas” de los participantes”. A partir de una muestra fotográfica de infracciones claras, el estudio concluyó que los hombres calificaban el comportamiento infractor como “significantemente más aceptable” que las mujeres. El estudio también concluye que hay un proceso de socialización en algunos deportes que legitima la infracción, y que esta “legitimidad percibida” es “considerablemente más pronunciada en el caso de los hombres”.

Comparación del comportamiento agresivo en el deporte entre hombres y mujeres (Lenzi et al., 1997). Los autores aplicaron el cuestionario de Buss y Durkee, utilizado para medir la agresividad de un individuo, a una muestra de deportistas italianos hombres y mujeres, así como a una muestra más amplia de población general menor de 30 años. Los resultados sugieren que hay una correlación entre la agresividad y el deporte, y que los resultados son “compatibles con la hipótesis de que la actividad deportiva sirve como método para controlar la agresividad de las mujeres y facilitar el desarrollo psicosocial de los hombres”. Los autores concluyen que la decisión de hacer deporte “parece relacionada” con la necesidad de conformar estereotipos culturales que muestran al “hombre como agresivo y a la mujer como amable y sumisa”.

Diferencias de sexo transculturales en la reconciliación posterior al conflicto después de los partidos deportivos (University of Harvard, 2016): este interesante estudio parte de lo que ocurre después de un encuentro deportivo. Y la conclusión es sorprendente: los hombres parecen más predispuestos a la reconciliación con el oponente. Los autores, que provienen del campo de la biología evolutiva, analizaron decenas de vídeos con las imágenes del post-partido, de deportes como tenis, tenis de mes, bádminton y boxeo. “Nuestros resultados indican que los hombres no relacionados tienen mayor predisposición que las mujeres para el encuentro post-conflicto”. Es decir, los hombres presentarían una mayor predisposición a “hacer las paces” después de un evento deportivo.

Chicas feminizadas y hombres masculinizados: la conciencia del estigma infantil de género en actividades físicas y el deporte (Dorothy Schmalz y Deborah Kerstetter, Clemson University y Pennsylvania State University, 2006). Según este estudio, cuyo propósito es evaluar la conciencia del estereotipo de género en el deporte infantil y cómo esto afecta a sus elecciones, las niñas disfrutan de una una mayor “laxitud social” que los niños en términos de “estereotipos de género” aplicados al deporte. “Desde edades muy tempranas los niños muestran signos de reconocimiento del comportamiento “apropiado” asociado al género”, señala el estudio. “Debido a la prevalencia de las dinámicas de género en el deporte, los individuos que eligen ignorar las reglas sociales atribuidas a su género son vulnerables a los estigmas”, concluyen los autores.

De esta forma, la existencia de una brecha de género parece indiscutible y, centrada así la discusión, Serena Williams parece tener razón. Se espera un comportamiento diferente en función de si el deportista es hombre o mujer, y esa distinción se refleja de manera significativa en los deportes “apropiados” al género y la tolerancia a determinados comportamientos.

Sin embargo, al aseverar que un comportamiento idéntico al suyo le sería tolerado a un hombre, Serena Williams introdujo una variable más discutible en el debate y, sobre todo, situó el estándar en el comportamiento masculino supuestamente “aceptado”. Es por eso que voces autorizadas del feminismo y el tenis, como Martina Navratilova, mostraron su desacuerdo. “Es cierto. Hay un inmenso doble estándar para las mujeres cuando se trata de castigar el mal comportamiento”, admitió la tenista checa, antes de añadir: “Pero no creo que sea una buena idea aplicar el estándar de “Si los hombres pueden hacerlo, las mujeres también”. Más bien creo que la pregunta que debemos hacernos es: “¿Cuál es el comportamiento correcto para honrar a nuestro deporte y respetar a nuestro oponente?”.

¿Censuramos la agresividad de la mujer en el deporte? Las respuestas de la ciencia al caso de Serena Williams
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Néstor Cenizo

Periodista. Trabajó en las secciones de Política y Deportes de El País, y, desde hace tres años, forma parte del equipo de eldiario.es.

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